
Reflexiones sobre desarrollo, turismo y ciudadanía desde los andes
Cada vez que ocurre una tragedia en el Huascarán, el país vuelve la mirada hacia nuestras montañas. Se activan brigadas, se movilizan guías de alta montaña, llegan los helicópteros cuando es posible y los medios informan durante algunos días. Después vuelve el silencio… hasta el siguiente accidente.
No debería ser así.
Las montañas más importantes del planeta no esperan que ocurra una tragedia para recién organizar el rescate. Se preparan antes. Planifican antes. Invierten antes. Áncash, en cambio, continúa administrando uno de los escenarios de montaña más importantes del mundo con un sistema de seguridad propio del siglo pasado.
La contradicción resulta evidente. Nos sentimos orgullosos —con razón— del Parque Nacional Huascarán, Patrimonio Natural de la Humanidad; de la Cordillera Blanca, considerada uno de los mejores destinos del montañismo internacional; de Chavín de Huántar, Patrimonio Cultural Mundial; y de los reconocimientos obtenidos por diversos pueblos andinos. Sin embargo, mientras acumulamos pergaminos internacionales, seguimos sin ofrecer un sistema moderno de protección para quienes precisamente vienen atraídos por esos reconocimientos.
No se trata de eliminar el riesgo. El montañismo siempre implicará peligro. Quien asciende al Huascarán sabe que enfrentará grietas, desprendimientos de hielo, avalanchas y un clima impredecible. Lo que sí puede reducirse es el tiempo de respuesta, la capacidad de rescate y las posibilidades de supervivencia.
Ahí está la enorme diferencia entre una región preparada y otra improvisada. Los Alpes europeos ofrecen quizá el mejor ejemplo. Suiza, Francia e Italia cuentan con helicópteros especialmente diseñados para operaciones de alta montaña, pilotos certificados para vuelos extremos, centros permanentes de coordinación, sistemas de comunicación satelital y protocolos que permiten iniciar un rescate en cuestión de minutos.
Nepal, pese a tener una geografía incluso más compleja que la peruana, desarrolló un sistema donde el Estado, las empresas privadas, las aseguradoras y las organizaciones de rescate trabajan de manera articulada. La tecnología satelital, la evacuación mediante sistemas “longline” y los seguros obligatorios forman parte del modelo operativo.
¿Por qué Áncash no puede aspirar a algo semejante? No estamos hablando de copiar modelos extranjeros de manera mecánica. Estamos hablando de aprender de quienes enfrentan exactamente los mismos riesgos que nosotros.
Lo primero no es comprar un helicóptero. Lo primero es construir un sistema. Un verdadero Sistema Regional de Seguridad para Turismo de Montaña debería integrar, por lo menos, ocho componentes fundamentales:
- un Centro Regional de Operaciones para Emergencias en Alta Montaña;
- una unidad aérea especializada capaz de operar sobre los seis mil metros;
- pilotos y rescatistas entrenados internacionalmente;
- fortalecimiento del Cuerpo Andino de Rescate;
- comunicación satelital obligatoria para expediciones;
- seguros internacionales con cobertura de rescate;
- protocolos únicos entre SERNANP, Policía, Fuerza Aérea, guías y hospitales;
- y un observatorio permanente de riesgos glaciares y condiciones meteorológicas.
No es una utopía. Es exactamente lo que hoy hacen los principales destinos mundiales de turismo de aventura. La pregunta inevitable es cuánto costaría. Mucho menos de lo que solemos imaginar.
La adquisición de una aeronave especializada, equipada para rescates de altura, representa apenas una fracción del canon minero que recibe Áncash cada año. El verdadero desafío no es comprarla, sino garantizar un modelo de gestión sostenible, mantenimiento permanente y operación profesional mediante alianzas público-privadas, evitando que una inversión estratégica termine abandonada por falta de planificación.
Durante años hemos discutido carreteras, plazas, monumentos, estadios y obras de concreto. Ha llegado el momento de discutir seguridad. Porque una región turística no se mide únicamente por la belleza de sus paisajes. También se mide por la confianza que transmite a quienes la visitan.
Un turista que sabe que existe un sistema moderno de rescate decide viajar con mayor tranquilidad. Una agencia internacional promociona con mayor confianza un destino seguro. Una aseguradora reduce sus restricciones. Los operadores turísticos fortalecen su oferta, y toda la economía regional termina beneficiándose.
Cada accidente que trasciende internacionalmente sin una respuesta eficiente deteriora silenciosamente la imagen del destino. Las montañas no hablan. Pero las estadísticas sí. Cada rescate tardío, cada evacuación improvisada y cada vida perdida envían un mensaje al mundo.
Áncash posee una de las mayores riquezas naturales del planeta. Lo que todavía no posee es una política pública de seguridad a la altura de esa riqueza. Quizá el verdadero desafío ya no sea conseguir un nuevo reconocimiento internacional. El desafío consiste en demostrar que somos capaces de cuidar a quienes vienen a admirar aquello que tanto nos enorgullece.
Porque el turismo del siglo XXI ya no premia solamente los paisajes extraordinarios. Premia, sobre todo, los destinos que convierten la seguridad en parte esencial de la experiencia. Ese debería ser el próximo gran patrimonio que Áncash construya.
Esta es mi opinión. ¿Usted qué opina? (Guido C. Duarte Plata Reg. CPP. No 01073)